Capitulo 2: El profesional sin clientes

El profesional sin clientes

Dejábamos a Brad tratando de averiguar cómo desarrollaría su idea de convertirse en el mejor cultivador de tomates. Obsesionado por las palabras del Chaman: “Deja que tus obras hablen de ti”.

Pero, Brad sabía de su situación de inmigrante y de su posición de desventaja con respecto a otros agricultores de la zona. Pensó que el tomate es un producto perecedero y que cuando recogiera su primera cosecha, apenas tendría unos días para convencer a la comarca de que el suyo era el mejor tomate. ¿Qué podía hacer?

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Si probaban su tomate, todo el trabajo estaría hecho. – Pensó Brad.

Así que salió hacia el mercado con todos sus ahorros, donde compró las mejores semillas. Después se dirigió a casa de su madre y la convenció para plantar toda la huerta de tomates.

Pero conseguir una buena cosecha no es solo sembrar la mejor simiente en la mejor tierra, hay que trabajarla antes, cuidarla día a día, abonarla y evitar que sea atacada por parásitos o plagas.

Brad disponía de recursos humanos (el mismo) pero no tenía más capital para comprar insecticidas y abono.

Durante los meses que le llevó sacar la primera cosecha se tuvo que enfrentar a una plaga de mosca, a los pájaros que picaban el tomate, la escasa lluvia y la falta de abono.

Finalmente obtuvo una cosecha de tomates de un tamaño muy inferior a los que se vendían en el mercado.

Esto no sirve ni para los cerdos. – Pensó Brad.

Su madre, que tenía como costumbre no tirar nada, recogió media docena de tomatillos y preparó una ensalada. Cuando Brad llegó a casa agotado, se sentó a la mesa muy desanimado al ver el tamaño de su esfuerzo y probó con desgana un trozo de tomate con sal gorda y aceite de oliva virgen extra que le había regalado su amigo Elías. Sus ojos se iluminaron mientras se giraba hacia su madre que le contemplaba esperando su reacción con una sonrisa de complicidad que no podía borrar de su rostro.

Ya tienes el producto que hablará de ti. Ahora debes visitar al Chaman para que te diga que debes hacer a continuación.– dijo la madre.

Tienes razón.– replico Brad, mientras se levantaba se ponía un chaleco y salía a toda prisa.

Cuando llegó a la casa-cueva del Chaman, entró sin llamar y se acercó a la chimenea donde se calentaba el anciano.

Querido Chaman, he seguido tu sabio consejo. – dijo Brad.

¿Ya tienes clientes? – dijo el Chaman.

No,… por eso vengo.– dijo Brad.

Yo no quiero tomates. – replicó el anciano.

Pero,…sí sabrás donde puedo encontrar a los clientes.- añadió Brad.

 

Primero debiste buscar a los clientes y preguntarles que querían.- Chaman.

¿No crees que quieran mis tomates enanos?– preguntó Brad.

Ya te he dicho que yo no como tomates.– dijo el Chaman algo disgustado.

 

Brad que no entendía lo que pretendía decir el chaman, tampoco quería marcharse de la casa-cueva sin saber cuál debía ser su próximo paso e insistió.

¿Qué hago entonces?– dijo Brad.

Convierte tu debilidad en fortaleza y las amenazas en oportunidades.

Busca alianzas y pregunta a quien sabe.– añadió el Chaman.

 

Pensé que el que todo lo sabía era “el gran chaman”.– replico Brad con cierto rintitntin.

Cuantas veces te tengo que decir que no me gustan los tomates.– respondió el Chaman algo enfadado.

 

No tengo mucho tiempo para dar a conocer mis tomates. – retomó Brad mientras se dirigía a la puerta.

Si tuvieras una cantimplora llena de pepitas de oro y estuvieras obligado a cruzar el desierto, ¿qué harías con el cargamento de la cantimplora? – dijo entre dientes el chaman.

 

De nuevo salía de la casa-cueva con las ideas algo confusas y sin tener claro de que le servían esas visitas al “Gran Chaman”. Pensó que algo no estaba entendiendo y reflexionó sobre las palabras del anciano.

 

Después de pensar un buen rato, Brad dedujo que la mejor forma para cruzar el desierto era rellenar de agua la cantimplora. Dejando las pepitas más grandes y más valiosas, siempre hay espacio para el agua. Ahora ya lo había entendido, debía adaptarse como el agua para tener su sitio en el mercado de frutas y hortalizas que era el lugar donde sabía que acudían todos los habitantes de la comarca los sábados a la mañana para realizar las compras de la semana.

 

Mañana compraran mis tomates y no los de Antonio, pensó. Pero cómo podía montar su puesto de tomates si no tenía dinero para ello. Enseguida se acordó de su amigo Elías que vendía aceite en el mercado y tenía un puesto en una calle no muy transitada pero donde acudían aquellos que buscaban frutas y hortalizas. Allí vendía sus aceitunas Elías. Seguro que no le importaba dejarme un hueco.- pensó Brad.

El sábado preparó unos platos de aceitunas con tomate sazonado y regado con un chorrito del mejor aceite. Se dirigió a la calle principal y ofreció degustar a todo el que pasaba, indicando donde podían probar más.

Pronto acabó los platos que llevaba y las cajas que tenía en el puesto. Continuará…

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